Mañanas lentas

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Esta mañana me he despertado sin reloj. Ayer nos acostamos tarde y hoy no teníamos previsto hacer nada, así que era la ocasión perfecta para no poner alarma.

Suelo madrugar bastante en mi día a día. Me gusta empezar pronto, bastante antes de que salga el sol. Quienes me conocen bien, lo saben. Las primeras horas del día son para mí mucho más inspiradoras y productivas que las últimas. De hecho, para que el día fluya, necesito que empiece bien y simplemente eso es tan importante, que sigo ciertas rutinas pautadas solo para que así sea. Pero reconozco que permitirme despertar de forma natural algún día, sobretodo en fin de semana, y quedarme un rato largo, medio despierta en la cama disfrutando del silencio y de la calma del amanecer, es uno de los mejores placeres que existen. En esta época del año además, en la que todavía no hace demasiado frío, pero ya estás increíblemente a gusto bajo el edredón.

Me he despertado y a través de la puerta entreabierta de la habitación, veía la luz suave de una mañana nublada alumbrando el pasillo. Envuelta como una croqueta entre edredón y almohada, me he acurrucado entre sus brazos, para seguir con los ojos cerrados disfrutando de ese rato, de esa luz, de estar metida en la cama sin prisas. Imaginaba el día fuera, día de otoño fresco y agradable, sin muchos sonidos a esa hora. Y pensaba en mi último sueño. Y luego en qué me apetecía hacer a lo largo del día. En casa, sin compromisos, sin deberes. Un día tranquilo para hacer despacio esas cosas que me hacen sentir bien y llenan mi corazón.

Pensaba en todas mis ideas. Esas que llevan meses y meses dando vueltas en mi cabeza, con sus interminables pero divertidos pasos entre medias, para llegar a convertirse en lo que quiero. Lo que quiero no sólo crear, sino vivir. Esto último es una mezcla de sentimientos tan potente, que es difícil de explicar. Soñar con algo que te gusta, una idea que tienes en la cabeza y a la que vas intentando poco a poco, dar forma para que sea real. Sin saber bien cómo, con algo de miedo y a ratos desconfianza, con una dulce incertidumbre en otros. Digo dulce, por que es la incertidumbre que genera ilusión. El no saber cómo será o qué conseguirás con todo lo que estás haciendo, pero que a la vez lo hace tan atractivo y bello, que te sigue impulsando a seguir. La ilusión que se convierte en una causa por la que luchar, un propósito bonito que no te permite abandonar cuando te invade la duda.

Con esta intensa mezcla de pensamientos y sensaciones he decidido ponerme en pie para ir a desayunar y empezar esta jornada. Escribir este post contando esto era lo primero que me apetecía hacer hoy. Ahora cuando acabe me sentaré a pintar dos pequeñas postales que me han encargado esta semana. Pintar con acuarela es una de las actividades que más he desarrollado en los dos últimos años. Me encanta. Es un proceso lento, casi terapéutico, porque requiere de bastante paciencia y aceptación. No siempre es fácil controlar el comportamiento del agua. Es un trabajo delicado y minucioso, que lleva tiempo y por eso me llena. Es relajante. Me gusta ver la evolución de cada pintura y aunque no siempre obtengo el resultado que esperaba, siempre quiero seguir pintando y mejorando.

La verdad es que no he pensado mucho más sobre qué hacer el resto del día, salvo vivirlo tranquilamente porque afortunadamente hoy, no tengo prisa. Quizá disfrute de una buena lectura en el sofá o de terminar alguna cosa pendiente o de no hacer nada.

Vivir despacio cada proceso del día es algo que empieza naciendo de dentro y aunque sé que no es posible vivir así todos los días, a mí ya me parece maravilloso poder disfrutarlo cuanto pueda y trasladarlo al desarrollo de mis actividades. Sean las que sean, yo las disfruto mucho más cuando las hago en paz. Es mi mejor antídoto anti estrés, la verdad.

Feliz fin de semana. 🙂

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