Vivir de otra manera

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Hace ya dos meses y medio que estamos en casa confinados, en tiempos de coronavirus. Al principio parecía algo difícil de creer, difícil de soportar y poco a poco cada hogar, cada unidad familiar, se ha ido adaptando a esta situación como ha ido pudiendo. En nuestro caso, no ha sido muy difícil, somos dos adultos y más allá de la pequeña angustia de no poder salir a pasear, lo estamos llevando de forma muy tranquila.

A mi, personalmente, me está sirviendo para tomarme la vida con mucha calma. Ya intentaba hacerlo antes, o al menos lo tenía en mente como filosofía ideal de vida, pero ahora me he dado cuenta de que esta situación, lo pone increíblemente fácil. Y creo que esa es una conclusión muy positiva a extraer de estos tiempos: la comprobación de que se puede vivir mucho más simple y que es muy saludable, sobretodo si el entorno lo permite. En realidad, es de lo que siempre hablo en este blog, del deseo de vivir despacio, como base de vida. Una vida centrada en las necesidades que cada uno tenemos, que son diferentes en cada caso, frente al estrés que supone hacerlo según dicta la sociedad, de una forma heterogénea, con una cultura, obligaciones y costumbres creados por no se sabe quién. Una vida alejada de las necesidades creadas, superfluas e innecesarias. Y adicionalmente, cuántos se habrán dado cuenta de lo importante que es vivir en un lugar que te transmita paz, en el que te sientas a gusto día a día, para no caer en un estado de locura.

Cuando empezó el confinamiento, yo ya llevaba algunos meses pasando mis días en casa, ya que dejé de trabajar en la empresa en la que estaba, a finales de septiembre. A finales de diciembre me quedé embarazada. La primera etapa del embarazo, se me hizo un poco cuesta arriba. Tenía algunos planes y proyectos en mente, que, con esa nueva realidad, se vieron un poco trastocados y además, no tenía energía para pensar, ni encauzar nada. Eso me agobió bastante. Pero entonces tuve la suerte de recibir una llamada para trabajar de forma temporal en una compañía internacional. Y la verdad es que me vino como anillo al dedo. Empecé a trabajar justo a principios de marzo, por lo que no he llegado a trabajar en la oficina y a este ritmo, ya no creo que lo haga. Cierto es que el trabajo podía desarrollarlo desde casa en realidad, pero también tenía la opción de ir a la oficina, así que estoy segura de que hubiera tenido más ajetreo que el que tengo estando en casa. Es algo que ha jugado mucho a mi favor en este momento. Imagino que no tiene punto de comparación vivir un embarazo trabajando en casa.

He pasado por diferentes etapas, pero ahora puedo decir que siento que estoy viviendo un momento muy dulce. Estoy teniendo un volumen de trabajo muy llevadero y tengo tiempo para mi, para estar con mi marido tranquilamente y disfrutar de mucho tiempo en calma juntos. Ahora ya podemos salir a pasear y desde entonces, creo que estoy viviendo la vida perfecta. Los dos nos sentimos así. El otro día soñé que la vida volvía a ser normal y la sensación no era buena. Era más bien una sensación angustiosa. Me hizo pensar. Por supuesto que quiero volver a tener libertad, pero me encantaría que de verdad esta vivencia tan dura para muchos, en muchos aspectos, sirviera para cambiar nuestra concepción y nuestra forma de vivir en sociedad. Acostumbrarnos a trabajar sin estrés, a dividir mejor el tiempo, sin agobiarnos demasiado con los minutos, a compartir diferente y a cuidar nuestra salud mental y física. Si consiguiésemos vivir con ritmos diferentes para trabajar, para cocinar, para leer o descansar, para salir a hacer deporte y para estar en familia, no tengo duda de que estaríamos más cerca de la felicidad. ¿Qué sentido tiene vivir de otra manera? Para mi desde luego que ninguno. Cuando algo así sucede, debería suponer un punto de inflexión grande.

Tengo muy claro cómo quiero vivir desde hace mucho tiempo e intento dirigirme hacia ello todo lo que puedo y como puedo, pero reconozco que hay una parte que no depende solo de mí, sino de la sociedad en conjunto. Llevamos muchos, muchos años viviendo en una vorágine sin sentido. El tiempo es oro, eso lo tenemos claro. Y con tal de exprimirlo para conseguir todo lo que queremos, ha llegado un punto en que lo vivimos en una calidad realmente baja. Ahora, en comparación, estamos teniendo más tiempo y quizá nos está viniendo bien para darnos cuenta de muchas cosas, cosas que quizá deberíamos cambiar o para conocernos un poco mejor. Yo estoy aprovechándolo para fluir sin ningún tipo de presión interior. Que me apetece hacer algo, lo hago. Que no me apetece, no lo hago. Ya lo haré cuando me apetezca. Sin obligaciones mentales. Creo que también es el embarazo que me hace estar así, pero oye, está siendo muy revelador. No suelo ser así, así que de alguna manera, me estoy permitiendo disfrutarlo ya que puedo. Y todo aquello que sé que tengo pendiente, que me queda por hacer, pues lo haré más adelante, que para eso tengo una vida entera, para disfrutar de cada etapa, ¿no?

Al principio pensaba que no me iba a suponer tanto cambio o ninguna revelación que no supiera. Y quizá no lo ha hecho en la teoría del estilo de vida que me gusta tener, más que reafirmar mis ideas. Pero sí que está suponiendo una terapia sobre mí misma. Estoy aprendiendo a darme espacio, a no tener ningún tipo de exigencia conmigo misma y con todo lo que podría estar haciendo con este tiempo. A tener confianza en que habrá tiempo para todo y escuchar cada día a ese «yo» que me habla desde dentro y me pide que haga más bien poco. A construir mucho más despacio. A creer en que de verdad todo tiene su momento y que por mucho que nos empeñemos a veces en ir más rápido, no siempre tiene sentido o funciona igual de bien. Así que estoy disfrutando de una «yo» muy fluida y vacacional. Supongo que esa está siendo mi gran revelación. No sé lo que durará, pero me basta con haberlo vivido y aprendido, ya que si está en mi mano, lo llevo conmigo.

Feliz semana.

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